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LAS RUTAS DE LA PRODUCCIÓN



 

 

1)- Ruta de los molinos

 

Los departamentos de Iglesia y Jáchal, ubicados al norte de la Provincia de San Juan son fiel muestra de los maravillosos valles cordilleranos, con una geografía agreste, nieves eternas, soleados días, tupidas arboledas, aire puro, fauna silvestre y flora autóctona, creando un conjunto de gran diversidad. Su clima es privilegiado a una altura promedio de 1.950 m sobre el nivel del mar.

 

Desde la ciudad de San Juan, tomando la Ruta Nacional Nº 40 hacia el norte, se llega a Talacasto donde se tienen dos caminos alternativos, uno conocido como del Colorado por el cual se accede directamente a la Villa Iglesia y, por el otro, continuando por Ruta 40, se pasa por Jáchal como punto intermedio, para llegar al Departamento Iglesia.

 

El Departamento Iglesia fue creado sobre la base de los potreros y estancias entregados entre 1753 y 1755 a los vecinos de la recientemente fundada Villa de San José de Jáchal, que eran originarios del Valle de Pismanta (antiguo nombre del Valle de Iglesia). Aún hoy se conservan construcciones coloniales y varios testimonios de las etapas de poblamiento indígena.

 

El Departamento de Jáchal, se encuentra ubicado al noroeste de la Provincia de San Juan, en la zona precordillerana. Su capital, San José de Jáchal, se une a la capital de la provincia por la Ruta Nacional Nº 40, que también vincula aquella localidad con el norte argentino.

 

San José de Jáchal tiene su traza fundacional intacta, que data de 1751, con calles anchas para la época, con casonas señoriales avejentadas por el paso del tiempo, con su modesta, pero majestuosa y antigua Iglesia Parroquial, hoy “Monumento Nacional”, y su famoso Cristo Negro que enriquece el interior del templo.

 

Un espacio particular dentro del conjunto patrimonial son sus antiguos establecimientos industriales, conocidos familiarmente como los molinos harineros, algunos en etapa de refacción, otros en pleno funcionamiento que configuran curiosas reliquias dignas de ser visitadas.

 

El cultivo del trigo en San Juan se remonta a los primeros años del español en tierra cuyana. Ya en 1690 un antecesor de Fray Justo Santa María de Oro montaría el primer molino. Con el devenir del tiempo estos establecimientos, que constituyen las primeras industrias manufactureras de Cuyo, habrían de multiplicarse y muchos de ellos todavía se mantienen en pie como mudos testigos de una actividad que en el pasado enroló a muchos brazos.

 

Los antecedentes de los molinos en San Juan provienen de Europa. Con la llegada del español serían incorporados en una primera etapa los “molinos de tahona” accionados por la fuerza animal. Para la minería artesanal se usaron en la época colonial los “quimbaletes”. Posteriormente fueron introducidos los “molinos de rodezno”, en los que las “muelas” labradas a combo y punteadas en dura roca granítica eran accionadas por medios hidráulicos. Estos fueron utilizados en los establecimientos harineros que pasaron a constituir la primera actividad industrial que entre nosotros supo aprovechar la energía proporcionada por el agua de aquellas acequias regadoras que llevaban la vida a los sedientos terrenos del árido sanjuanino.

 

La producción triguera, según el censo de 1871 interesó una superficie de 8.183 hectáreas que ascendió en 1895 a 10.726 ha y San Juan en aquella época ocupaba el tercer lugar entre las provincias argentinas productoras de trigo.

 

Con el paso de los años y la creciente falta de competitividad de la producción cerealera de nuestra provincia, los molinos fueron progresivamente desapareciendo. Solo circunstancialmente en alguno que otro establecimiento de los alrededores de Jáchal es molido el cereal para consumo propio.

 

Los edificios son de finales del siglo XIX con maquinaria traída de Europa. Son construcciones de muros anchos, de material crudo (adobes) asentados con argamasa cruda (barro). Los techos son a dos aguas de escasa pendiente, formados por una estructura de rollizos de álamos que apoyan en la viga cumbrera y en los muros de adobe.

 

Sobre estos están clavadas las cañas; la cubierta es de torta de barro, como aislante térmico y una capa de mezcla con brea como aislante hidráulico. Las paredes en torno a la rueda y el canal son de piedra.

 

La maquinaria es de madera en su totalidad, salvo las tolvas del molino Escobar (Departamento de Iglesia) que son metálicas. Los distintos elementos del sistema están unidos entre sí por encastres y sujeciones metálicas. El movimiento se trasmite a través de poleas y engranajes que hacen girar la rueda y la piedra que mueve el rodezno. El trigo era colocado manualmente en una tolva y desde ahí caía sobre la máquina moledora. En Jáchal existen dos tipos de moledoras, de piedra y de cilindro.

 

La fuerza impulsora que movía las pesadas piedras o los grandes cilindros de metal era el agua que corría por canales paralelos al molino impulsando grandes ruedas. Sus ejes generaban el movimiento necesario para el funcionamiento de las maquinarias del interior, regulando la velocidad mediante un sistema de compuertas.

 

Son edificios del siglo XIX que representan un momento histórico de relevancia nacional en cuanto a la producción harinera de San Juan, fiel reflejo de una época de esplendor.

 

El hilo conductor de este recorrido por los departamentos del norte de San Juan, es el patrimonio industrial, sus construcciones, el rescate de la cultura del trabajo de aquella época, las costumbres, la fiesta de la trilla y otras manifestaciones relacionadas con el tema.

 


 

2)- Ruta de la vitivinicultura

 

La Provincia de San Juan está integrada en la actualidad por 19 departamentos con características diferentes.

 

De los seis grandes valles de la provincia, el llamado actualmente Valle de Tulún es el más extenso; (en él se localiza la ciudad capital); donde se desarrolla el 90 % de la actividad socioeconómica y cultural de la provincia de San Juan. Por esta razón se lo califica como la reserva económica de la provincia debido a su probada aptitud para concentrar una vasta gama de cultivos. La principal actividad económica es la agricultura, en la que predomina el cultivo de la vid. En lo que respecta a este cultivo se puede decir que el 93% de la producción se destina a la elaboración de vinos, el 6% a la comercialización directa y el restante 1% a la producción de pasas de uva de excelente calidad.

 

La fruti-horticultura se ha desarrollado favorablemente en los últimos años produciendo productos de extraordinaria calidad.

 

La actividad industrial está sustentada fundamentalmente en la transformación de los productos agrícolas. Está hegemonizada por las bodegas que aportan más del 60% del valor bruto de la producción provincial y absorben casi un 20% de la población económicamente activa.

 

En la Argentina, del total de la producción de uva que se destina a industria, aproximadamente el 30% se emplea en la elaboración de mosto. Este porcentaje se pacta, anualmente, entre los Gobiernos de Mendoza y San Juan y el sector productivo.

 

En una breve reseña histórica, puede decirse que con la fundación de San Juan llegaron a ésta, las primeras plantaciones de vid; desde entonces varias fueron las experiencias que dieron pie a la incipiente industria bodeguera local de siglo XIX.

 

Fue muy importante el aporte de los inmigrantes en el desarrollo de las actividades industriales: por un lado formar el mercado de consumidores y, por el otro proveer la mano de obra necesaria para hacerla funcionar. La industria vitivinícola de San Juan (en su mayoría formada por italianos, españoles y franceses) constituye el basamento de la realidad socioeconómica de la provincia, con el surgimiento de prestigiosas firmas locales. Los inmigrantes dejaron sus huellas en los distintos tipos de bodega, que eran edificios austeros, construidos de adobe o de ladrillo, con techos de tijerales de madera y, pisos de ladrillo, aunque presentaban ornamentaciones de ladrillo en aberturas, cornisas, etc. La bodega significó en los primeros tiempos el ahorro de los inmigrantes; la prosperidad se medía por la cantidad de cuerpos de bodega que se agregaban año tras año. Estas se ubicaban al borde de la calle, para facilitar la descarga de uva y salida del vino.

 

El número de bodegas en San Juan a fines del siglo XIX era de aproximadamente 300, en una proporción de 38 hectáreas de vid por cada bodega existente. Cuando se inició la consolidación de la República Argentina agroexportadora con centro de acopio en Buenos Aires, en los años 1870-80, los empresarios Juan Castro y Juan Maurín eran los hacedores del incipiente poderío bodeguero de fines de siglo, mientras que Juan Graffigna y Vicente Cereceto fueron los primeros industriales en el país que elaboraron vinos para la exportación. Posteriormente iniciaron la elaboración Antonio Maradona y Emilio Langlois.

 

Fue con la llegada del ferrocarril a San Juan en el año 1885, cuando se produjo un crecimiento sostenido en la industria vitivinícola, puesto que este medio de transporte posibilitó alcanzar nuevos mercados de consumo. El ferrocarril fue la génesis de grandes cambios, tanto a nivel provincial, como nacional.

El movimiento comercial, en tren, hacia Buenos Aires se incrementó y consolidó, porque gracias a este medio de transporte se podía tener el vino producido en dos días en los mercados de consumo. Además funcionaba como embudo hacia el continente europeo, situación que generó un rápido crecimiento vitivinícola haciendo que se ampliara las superficie de cultivo, se adquirieran maquinarias industriales, se hicieran mejoras tecnológicas y se construyeran edificios industriales inéditos hasta el momento. Así fue como nacieron los grandes establecimientos bodegueros, quedando de lado la producción de vinos artesanales, la que se redujo a pequeños espacios preindustriales.

 

La vid se impuso dando origen a la gran industria del momento, así surgió una nueva clase social. El moderno medio de transporte consolidó la industria vitivinícola, debido al aumento considerable de la venta. A partir de la industrialización de las uvas esta actividad se convirtió en la principal fuente de recursos económicos de la provincia.

 

Al comienzo la bodega fue un simple galpón donde se ubicaban los recipientes en los que se guardaba el vino. En las primeras décadas del siglo XIX los recipientes eran típicos botijones de barro cocido, revestidos interiormente de asfalto (lo que hacía que el vino allí almacenado tomara gusto desagradable) y en barricas de madera. Si bien existían estos pequeños depósitos en las fincas suburbanas, ellos no guardaban relación en cantidad ni en proporción con las bodegas de las últimas décadas del siglo. La bodega introdujo edificios de dimensión y aspecto importante dentro de un panorama arquitectónico sin mayor relevancia. Para que el ambiente interior de estos establecimientos tuviese la temperatura adecuada para la elaboración de vinos, fue necesario contar con construcciones muy grandes, de gruesas paredes, que permitiera la aislación térmica y oscuridad aconsejada, por ello en la gran mayoría hay una puerta, escasos tragaluces y claraboyas. Dentro se encuentran enormes recipientes de madera, toneles y cubas. La capacidad de elaboración y almacenaje aumentó notablemente con la construcción de piletas subterráneas de hormigón enlucidas con cemento llaneado y maquinaria de acero. Esto constituye un denominador común en los principales establecimientos de comienzos del siglo XX.

 

Estas construcciones se destacan por el color de sus materiales. Los industriales de origen italiano impusieron el uso del ladrillo sin revocar para las fachadas aún cuando el resto del edificio fuera de adobe. El hierro es otro material importante; se usó para columnas, rejas, barandas, techos de zinc. También en las máquinas para la industrialización. La madera se utilizó en abundancia (madera fina de uso común) ya que el ferrocarril no solo traía roble para armar las cubas y toneles sino pinotea, cedro, pino, en forma de listones para estructuras de techos, carpinterías de cierre, pisos, etc.

 

También se produjo cambio en lo social en las zonas rurales; tal era el caso de los propietarios de los grandes viñedos que edificaron la casa familiar a pocos pasos del establecimiento industrial (bodega). Estas residencias, en las que habitaban las familias bodegueras (nuevos ricos de la época), eran de distintos estilos arquitectónicos según el lugar de origen y gustos de las familias, que a la vez generaban la posibilidad de vivir cerca del lugar de trabajo y gozar de la naturaleza; eran pequeñas villas.

 

Un hito significativo en la industria local fue la acción del cantonismo (gobierno socialista de principios del siglo XX), que pretendía jerarquizar la acción del estado sostenida en un alza considerable sobre los impuestos al capital privado propendiendo a un equiparamiento entre las distintas clases sociales. Dejando atrás el sueño cantonista resurgió la actividad bodeguera con prestigiosas firmas y, a través de reiteradas intervenciones del gobierno nacional, constituyeron el basamento de la realidad socioeconómica sanjuanina.

 

A partir de la industrialización de las uvas, esta actividad se convirtió en la principal fuente de recursos económicos de la provincia, lo que permitió la construcción de importantes establecimientos industriales, que fueron consecuencia de ese florecer socioeconómico consolidado en determinados momentos históricos; todavía muchos prestan servicio y pueden ser visitados.

 

Posteriormente, el terremoto de 1944 y sus terribles consecuencias, le otorgaron un nuevo golpe a la labor privada, que por sus ansias de progreso levantó sobre aquellos escombros, y casi de inmediato, nuevas instalaciones que guardan cierta similitud con las anteriores arquitecturas industriales.

 

A partir de entonces, una serie de planes reguladores intentaron reconstruir planificadamente la ciudad bajo las normas del hormigón armado que procuraba seguridad ante la acción sísmica. Fueron escasas las bodegas reconstruidas con este rigor técnico, puesto que lo transitorio se adoptó como edificios permanentes, a los cuales aun hoy se los puede observar en pie. De todos modos, no fueron los planes reguladores ni la acción sísmica lo que deterioró la acción bodeguera, sino aquellos modelos económicos que renegaron de la industria nacional, sumando al mercado nuevos productos similares a los vinos tradicionales en la región, produciendo un deterioro considerable en el consumo de vinos. Es así que hoy las bodegas se ven obligadas a producir vinos de alta calidad para un mercado de consumo bastante restringido.

 

En todos los departamentos de la zona rural sanjuanina, se encuentran importantes establecimientos industriales que contaban, además de la bodega, con el lujoso chalet de los dueños, rodeado de jardines y con muy variados estilos arquitectónicos, según procedencia, clase social o gusto de las familias burguesas. La fortuna se calculaba por la extensión de los viñedos, por la capacidad de las bodegas y, en tercer lugar, por el grado de riqueza del chalet del propietario (ubicado en el sitio más visible de la propiedad). Estos grandes y complejos establecimientos contaban además, con destilería, laboratorio, tonelería y viviendas para distintas clases de empleados.

 

El patrón del establecimiento tenía por obligación dar vivienda a los administradores contratistas y peones conformando así importantes y variados conjuntos. La mayoría está en pie ya que están en zonas y departamentos alejados donde el sismo no fue tan arrasador, sobre todo por estar construidas con nuevos materiales importados y ser independientes de otras construcciones. El ferrocarril permitió la importación de materiales y estilos en un país que en ese momento miraba a Europa como centro de interés. Los estilos adoptados son el estilo italianizante, el inglés, el francés y otras variantes. Generalmente son viviendas compactas de dos o tres plantas, con jardín, galerías con balaustradas, algunas con torre mirador, etc.

 

La vid es un arbusto trepador, por ello su cultivo requiere sistemas de conducción que sostengan y dirijan las cepas. Pueden ser por “espaldera” o viña alta, “contraespaldera" o viña baja y “parral”. El más adoptado en la provincia de San Juan en general, es el sistema del parral. Cada parral cuenta con los surcos, callejones, canales, acequias y desagües necesarios para su riego.

 

La cosecha, o vendimia, es la tarea más importante que requiere este cultivo: comienza en el mes de febrero (con las variedades para vinos finos), se intensifica en los meses de marzo y abril. Durante estos meses el trabajo es más arduo, hasta el mes de mayo, cuando se cosechan uvas muy dulces, también para vinos finos.

Durante la época de vendimia, la uva cosechada es transportada en camiones; unos se dirigen a las bodegas para su vinificación; otros la llevan para su comercialización en fresco y una menor cantidad la deriva a los secaderos, para la producción de pasas de uva.

Pasada la vendimia, en los viñedos se reinician arduas tareas, varias etapas de arado, tapado de las cepas, poda, e innumerables labores agrícolas de atención y cuidados especiales que, durante todo el año, deben brindársele a la vid.

 

La elaboración del vino es un proceso que requiere diversas etapas. Las principales son:

1°) La molienda

2°) La fermentación

3°) El descube

4°) El trasiego

5°) El abrillantamiento

 


3)- Ruta de la minería

 

Las escasez de tecnologías al servicio de la minería determinaron que la explotación no se realizara sino hasta muy entrado el siglo XIX, ya que el mineral no se encuentra como en otros lugares conquistados por los españoles (Perú y en Bolivia, Potosí) en grandes cantidades y “a la mano”, por lo que se desestimó la explotación del mismo.

 

A partir de los finales del siglo XIX el visionario Sarmiento, por sus continuos viajes a Europa y EE.UU. con el consabido contacto en las ciudades de sus personajes influyentes, vino preñado de ideas que florecieron en su provincia natal.

 

Ayudado por una gran facilidad para la gestión gubernamental, influyó en los gobernantes de ese momento para la creación de leyes que protegieran y permitieran la explotación de minerales en el país y principalmente en la provincia de San Juan; creando además una carrera de minería dictada en la por entonces, Escuela de Minería (hoy denominada Escuela Industrial “Domingo F. Sarmiento” y piedra fundacional de la actual Universidad Nacional de San Juan).

 

También participó activamente en la explotación de minerales en el departamento Calingasta, a través de la contratación de expertos extranjeros que estudiaron terrenos en los que ya había extracción a escala menor, realizada por mineros chilenos.

 

Esta gran inversión tanto de conocimiento como económica, impulsó la explotación en áreas inhóspitas las que con el tiempo se convirtieron en pueblos que al día de hoy existen (muchos de los cuales están declarados bienes patrimoniales por la provincia).

 

A través del tiempo y poco rendimiento de las malas condiciones de habitabilidad, las inversiones se vinieron abajo y con ella el sueño de Sarmiento.

 

Tuvo que pasar mucho tiempo para que las mismas se reactivaran. Al comienzo del siglo XX, surge la ilusión de reflotar la minería y fundar la economía de la provincia en ella (ya que la provincia sólo tenía la vitivinicultura y a la agricultura con experimentos en las colonias fiscales, a muy pequeña escala y durante poco tiempo).

 

Muchos gobiernos se abocaron al impulso de esta nueva actividad pero faltaba el apoyo nacional y las inversiones eran muy altas, y no podían ser costeadas por los locales.

 

Por eso en la década de la década de 1990, aparece el auge de las mineras y los estudios de prospección minera, para determinar la calidad del material encontrado y su posterior inversión.

 

A fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI ya es una realidad a nivel provincial la explotación de minerales auríferos en toda la cordillera sanjuanina, creando una actividad alrededor de ella, tanto económica, como cultural y turística, ya que muchas de las regalías son aprovechadas por los municipios a los que pertenecen las explotaciones (Jáchal e Iglesia).

 

La edificación de Hilario se encuentra en el Departamento de Calingasta aproximadamente a 200 km de la ciudad de San Juan, en uno de los tantos valles longitudinales formados en la precordillera.

 

A la vera del río Calingasta que da nombre a la villa principal y a los pies de una formación rocosa denominada El Alcázar, que toma su nombre de la forma de mirador y el color amarillo de la piedra, la que cambia de tonalidades al atardecer (tal vez también la denominación se refiere al Alcázar de Sevilla).

 

Alrededor de 1860, época de Sarmiento, la región estimuló efímero sueño minero con los establecimientos de Castaño y Tontal, y la construcción de los hornos de Hilario y Sorocayense (con maquinaria traída de Sorocayo, Bolivia). Todo se abandonó cuando el pirquineo se agotó y no se introdujo nueva tecnología.

Las ruinas de Hilario, a 1.450 m.s.n.m., hacen referencia al establecimiento de fundición más grande del país: Compañía Beneficiadora de Hilario creada en 1868, durante la presidencia de Sarmiento, cuando se dio el mayor impulso a la minería local. Este sistema esta integrado además de las minas de Carmen Alto y Carmen Bajo y la Villa Rickard.

 

Existen en la zona del valle de Calingasta varias minas como las de Castaño Viejo y Tontal, que fueron explotadas en menor intensidad y que al día de hoy, se encuentran abandonadas con todas las construcciones en total deterioro.

 

En Gualilán (o Hualilán) no existen registros de actividad minera en épocas de la conquista española; sólo a partir del siglo XVIII aparecen las primeras denuncias de terrenos para explotar minas. Estas eran concedidas en ese momento por el Corregidor designado por el gobernador de Chile.

 

Se conocen algunas denuncias realizadas en el “Cerro de Guachi” encontradas en documentos del siglo XVIII, en las que se mencionan las minas de Gualilán.

 

La situación geográfica de la mina determina que son escasas las corrientes de agua; éstas son muy necesarias para esta actividad y el desarrollo de asentamientos humanos, lo que hizo que en esa época el Gobernador Intendente visitara la zona y declarara nula la actividad minera.

 

Los documentos históricos señalan que durante el siglo XVII y primera mitad del siglo XVIII las tierras de Gualilán fueron utilizadas exclusivamente como estancias ganaderas y sólo a partir de 1846, cuando se realizó el juicio sucesorio de Manuel de la Rosa y de su mujer Andrea de la Rosa, comenzaron las ventas a compañías mineras de origen inglés y la explotación de la mina.

 

La Ciénaga o depresión de Gualilán es un bolsón cerrado con drenaje centrípeto, que se eleva en el centro de la Precordillera. Posee una extensión de 20 km de norte a sur y de 15 km de este a oeste. Está limitada hacia el este por la Sierra de Talacasto, hacia el sur por los cuerpos de caliza ordovícica de la sierra de La Crucecita, y hacia el oeste por numerosos cerros que se escalonan como producto del desplazamiento de un extenso cordón de caliza que se inicia en el cerro Blanco y se prolonga hacia el sur, pasando por la mina de Gualilán, Cienaguita y la estancia Ciénaga de Gualilán.

En la región central y central norte, es por donde recibe los principales aportes de agua. Los caudales en época de crecientes son importantes y desarrollan, en la Pampa de Gualilán, una intrincada red de ríos anastomosados, algunos de cuyos cauces se entarquinan con sus propios aportes, determinando la formación de lagunas temporarias que sirven de abrevadero a animales durante meses.

El exceso de los caudales mencionados se acumula en la Ciénaga de Gualilán, constituyendo una extensa laguna en el extremo suroriental de la misma. Esta laguna es temporaria y pocas veces al año contiene agua.

 

La Ruta Provincial Nº 436, que une la ciudad de San Juan con el Departamento de Iglesia, lo cruza en sentido longitudinal, pasando por los principales puntos que conforman el casco y puesto de la estancia principal y la mina. Por el norte, el valle se cierra formando un amplio semicírculo que queda solamente abierto por la quebrada del río del Agua del Médano (en el sector nororiental) que sirve de paso hacia la Ciénaga de Los Espejos por la cual se puede acceder a las localidades de Niquivil y Tucunuco.

 

Esta quebrada, además, es uno de los pocos lugares con agua, y el paso obligado a lo montado entre Iglesia y Jáchal tanto en la actualidad como en el pasado, según lo atestiguan antiguos mapas.

 

El único yacimiento minero del lugar es la “mina de Gualilán” que se supone conocido desde época colonial, aunque sólo después de 1840 comenzó la explotación a gran escala. La buena infraestructura inicial hizo que se considerara como un yacimiento de gran importancia, más allá de su bajo rendimiento.

 

Esta mina en el siglo XIX, fue explotada por los ingleses y abandonada debido a los mismos problemas que se plantearon en otras épocas: escasez de agua y poco rendimiento del material. Actualmente se encuentra abandonada con todas sus instalaciones en deterioro.

Gracias a las gestiones gubernamentales y las leyes de protección al patrimonio minero, varias empresas extranjeras se instalaron a fines del siglo XX para realizar prospecciones en áreas mineras localizadas en la alta cordillera sanjuanina.

 

Esto permitió que en los comienzos del siglo XXI algunas zonas fueran liberadas para su explotación (Veladero, Pascua-Lama, Gualcamayo) y determinaron un cambio en la fisonomía general de la provincia: los aumentos económicos generados por las regalías se invierten en los departamentos con proyectos para la comunidad, un aumento en el turismo y la proyección a nivel internacional de la provincia. Varios proyectos esperan para poder continuar con esta “fiebre minera” sanjuanina: Los Azules, Pachón, Macho Muerto.

 

Las empresas encargadas para su desarrollo en la región, están bien concientizadas acerca del impacto ambiental, social y del rescate de piezas arqueológicas y paleontológicas que se encontrasen en sus terrenos.

 

El sur de la provincia con su producción de piedra caliza (una de las con mayor grado de pureza del mundo) también aspira a un reconocimiento y proyección internacional, rodeadas por un ambiente natural protegido por ley, junto con las actividades desarrolladas por la comunidad como fiestas patronales, peñas y balnearios.

 




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